En 1757, Robert-François Damiens fue condenado a una ejecución que buscaba algo más que la muerte: pretendía producir un espectáculo. El castigo no fue simplemente una sanción; fue una coreografía de dolor diseñada para ser vista, sentida y temida.
Damiens debía ser “llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano” hasta la puerta principal de la iglesia de París para realizar su pública retractación. Después, “en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado”, sus tetillas, brazos, muslos y pantorrillas serían atenaceados, su mano derecha quemada con fuego de azufre, y sobre sus heridas se verterían “plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente”. No bastaba aún: su cuerpo sería finalmente “estirado y desmembrado por cuatro caballos”, y sus restos, “consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento”.
El suplicio no sólo consistía en destruir un cuerpo. Se trataba de exhibirlo. De dramatizar públicamente el poder punitivo como una advertencia dirigida a todos los demás cuerpos sociales. La Gazette d’Amsterdam consignó que esta última operación fue “muy larga”, porque “los caballos no estaban acostumbrados a tirar”, de modo que fue necesario no sólo aumentar el número de animales, sino incluso “cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas”.
A pesar de la brutalidad inimaginable del tormento, “aseguran que aunque siempre fue un gran maldiciente, no dejó escapar blasfemia alguna; tan sólo los extremados dolores le hacían proferir horribles gritos y a menudo repetía: ‘Dios mío, tened piedad de mí; Jesús, socorredme.’”
El horror de este relato, que hoy nos resultaría insoportable a la conciencia moderna, no ha desaparecido. Sólo ha mutado de forma.
El populismo punitivo —ese cáncer del Derecho contemporáneo— reproduce la misma estructura de fondo: convertir el castigo en espectáculo, la pena en mercancía emocional, y la función pública del Estado en una máquina de escenificar el dolor de los “otros” para satisfacción de las mayorías temerosas o enfurecidas.
Hoy no atenaceamos cuerpos en las plazas, pero sí saturamos pantallas, redes y discursos con sentencias draconianas, detenciones televisadas, filtraciones selectivas y promesas de mano dura que no buscan resolver el problema de la criminalidad, sino fabricar una ilusión de control.
Y no son solamente los políticos quienes alimentan este teatro punitivo. En un síntoma alarmante de degradación institucional, incluso candidatos a jueces —aquellos que deberían ser los primeros guardianes del Estado de Derecho— se suman a esta lógica perversa.
Prometen “mano dura”.
Prometen “acabar con la impunidad”.
Prometen “cárcel para todos” como si impartir justicia fuera sinónimo de administrar sufrimiento al por mayor.
Olvidan que su verdadera función no es azuzar los miedos colectivos ni engrosar estadísticas de encarcelamiento. Olvidan que un juez no es un verdugo moderno, ni un administrador de venganzas sociales.
La función esencial de un juez, en un Estado constitucional, es la de centinela de la libertad y guardián de la dignidad humana.
No hay mayor traición a la toga que utilizarla como bandera electoral para vender castigo en lugar de ofrecer garantía.
No hay mayor perversión del derecho que ofrecer sentencias ejemplares antes de ofrecer un juicio justo.
El populismo punitivo no persigue justicia. Persigue la administración teatralizada del miedo social.
No reforma instituciones. Alimenta pasiones.
No combate las causas del delito. Construye chivos expiatorios.
Cada vez que un político o un juez en campaña celebra la prisión preventiva como castigo anticipado; cada vez que legisla o sentencia para la tribuna y no para la Constitución.
Cada vez que la demagogia desplaza al principio de presunción de inocencia, se está, en el fondo, repitiendo el ritual de la plaza de Grève.
Referencia del fragmento utilizado:
Michel Foucault, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Siglo XXI Editores, México, 1976, Primera Parte, capítulo I: “El suplicio”.