El funeral del papa Francisco, jefe de Estado del Vaticano, se celebrará en Roma ante la presencia de líderes mundiales que entienden, al menos, los códigos elementales de la diplomacia. México no será uno de ellos. O al menos no directamente. La presidenta Claudia Sheinbaum ha declinado asistir y en su lugar enviará a la secretaria de Gobernación. Sin explicaciones formales. Sin matices institucionales. Solo un “no iré”, dicho con la misma soltura con la que se desatiende una invitación de cortesía. No es la primera vez que confundimos liturgia con política exterior, pero sí es una oportunidad perfecta para hablar del laicismo mal entendido… y peor ejercido.
Porque aquí no hay un conflicto entre religión y política. Hay una omisión diplomática envuelta en papel de ideología. El papa, además de líder religioso, es jefe de Estado. Su funeral no es un rito espiritual, es un acto de protocolo internacional. Asistir no significa profesar la fe católica. Significa estar a la altura del sistema internacional de respeto entre Estados. Pero en tiempos donde la representación se gestiona por criterios de austeridad, simbolismo o conveniencia electoral, hasta los funerales se convierten en trincheras de interpretación ideológica.
No hay registro de que la presidenta haya alegado austeridad como causa. Tampoco hay claridad. Solo silencio estratégico. El mismo que se vuelve cómodo cuando no se quiere decir la verdad: que hay quienes confunden laicidad con distancia, y diplomacia con omisión. En lugar de representar al Estado mexicano en un evento de esa magnitud, se prefiere enviar a una funcionaria sin rango de jefatura, mientras otros países —sin miedo a parecer menos seculares— hacen lo que corresponde: estar presentes.
Lo curioso es que mientras en el Congreso se promueven marchas religiosas desde el micrófono legislativo, en Palacio Nacional se evita un funeral de Estado por temor a parecer “demasiado cercanos” a la Iglesia. Así funciona el constitucionalismo posmoderno en México: se saca la Constitución cuando conviene y se olvida cuando incomoda. Laicismo para justificar ausencias. Y silencio cuando lo religioso se mezcla con lo político, siempre que la mezcla sea rentable.
Lo que se omite no es un gesto religioso, sino un acto de Estado. No acudir al funeral de un jefe de Estado bajo el pretexto implícito de neutralidad revela una visión limitada de lo que implica representar a una nación. La diplomacia no es una expresión de afectos personales ni una evaluación moral del anfitrión. Es el ejercicio profesional de la presencia internacional.
En esta ocasión, México no estará ausente por convicción, sino por confusión. Por no saber distinguir cuándo el laicismo se defiende con principios… y cuándo simplemente se usa como coartada para no asumir la investidura del cargo. Porque hay ausencias que no son silencios: son renuncias.
Y si de justificar ausencias se trata, tampoco falta quien insinúe que no asistir al funeral es una medida de austeridad republicana. Como si la representación internacional fuera un lujo y no un deber de Estado. La paradoja es grotesca: funcionarios menores del aparato social circulan en Ferrari mientras la jefa de Estado declina acudir a un evento diplomático global alegando sobriedad institucional. La austeridad, en este país, no se mide en gasto público, sino en conveniencia política. Se presume cuando incomoda al protocolo y se olvida cuando incomoda al privilegio.